martes, 7 de febrero de 2012

Epílogo (Sniff y Yeah! al mismo tiempo)

Una tarde dominical en Ñuñoa. De izq. a der: Pablo (cuñado), Dani (hermana), Enzo (the baby) y Daniel 


Un conocido que me topé en Providencia (Santiago es un pañuelo y una sábana King a la vez) que ha vivido fuera me comenta: “todos te preparan para irte pero nadie te prepara para volver”. Y vaya que es cierto.

Han pasado casi tres meses desde que volvimos a Chile y todavía no se acaba esa sensación de estar en el limbo. Cómo estar en tránsito en un aeropuerto. Eso es, principalmente, porque estamos viviendo con mis padres mientras remodelamos nuestro departamento. Y, primera lección aprendida, eso toma tiempo, sobretodo en Chile.

Inevitablemente, es lo mismo que pasa cuando uno viaja al extranjero. Hay momentos de euforia seguidos de shock cultural. Euforia de ver y compartir nuevamente con la familia y los amigos, de sentir el amor y el cariño físicamente, de estar con la gente en 3D. De retomar hábitos que extrañábamos, cómo sentarse achoclonados o de a dos, a compartir una comida, unos tragos, unos cortados, unos cigarros. Euforia de que Enzo conozca a abuelos, tíos, primos, amiguitos. Y shock cultural, porque hemos cambiado, nosotros, nuestra familia, nuestros amigos y sobretodo nuestra ciudad.

Ingenuamente uno piensa que estos cuatro años fuera han sido un paréntesis y nada más lejano de la realidad. De vivir en una ciudad pequeña en el primer mundo por cuatro años hemos vuelto a una ciudad enorme en el tercer mundo y el shock se traduce, muchas veces, en impotencia y frustración, a pesar que también nos sentimos como pez en el agua.

No quiero sonar engreída: “es que yo viví fuera, me tienes que entender”.  Pero es así.  Santiago y nosotros hemos cambiado en una relación inversa. De poder vivir sin auto, en una casita en el centro pero silenciosa, dónde la distancia habitual más larga era de treinta minutos a pie o en bici, dónde todo se podía comprar por internet, hemos pasado a una ciudad que sigue creciendo y en dirección al colapso: colapso de autos, de ruido, de distancias irreales. A pesar de haber vivido acá toda nuestra vida, es abrumador volver, porque todo queda lejos, porque todo es un taco, porque no te puedes tomar un café en la calle y pretender conversar al mismo tiempo.  Ya no hemos acostumbrado.

En Inglaterra comprábamos todo por internet (en parte porque no teníamos auto) y todo llegaba a tiempo. O íbamos al centro de nuestra pequeña ciudad y todo estaba ahí, no había que ir a Londres, por ejemplo. Acá, los cables se compran en la Casa Royal, la carcasa para el teléfono en el Portal Lyon, el jengibre en la Vega, las zapatillas profesionales para correr en el Mall Sport, los productos sin azúcar en el Jumbo de Bilbao. Cuando te sales de lo que no está en Falabella o Almacenes Paris, hay que empezar a caminar. Y muchas cosas sí se pueden comprar por internet, pero que Transbank no funcione al momento de pagar o que el despacho de 72 horas se demore dos semanas, en sólo tres meses nos ha pasado varias veces. El acceso a las cosas también se refleja en el servicio al cliente que, penosamente, en Chile es vergonzoso. Llamar al servicio al cliente de Falabella o Sodimac es algo que me puede arruinar el día. Eso siempre  ha sido así pero el primer mundo nos desacostumbró y tener un hijo nos hizo valorar mucho ese fácil acceso a las cosas.

También pudimos vivir la experiencia de “trabajar desde la casa”, trabajar pocas horas con sueldo digno y todo el abanico de flexibilidad laboral en serio. Sobretodo, en mi caso, pude vivir un postnatal de 52 semanas y disfrutarlo con creces en un país “baby friendly”.  Mi concepto de familia y trabajo cambió en 180 grados. He tenido la suerte de criar a mi hijo con dedicación exclusiva, con mi marido secundando desde la pieza del lado, en una ciudad dónde podía ir a un café con juegos en coche, dónde en el centro había salas de muda por doquier y dónde localmente se organizaban actividades para padres e hijos todos los días. Con guagua (a excepción de los primeros dos meses de bootcamp) o sin guagua, siempre tuvimos el tiempo o la energía para salir a correr, ver películas, cocinar tranquilos, compartir en pareja y cultivar una vida sana, más sana que la que teníamos en Chile. Ahora que nos toca reinsertarnos en el mundo laboral y sabemos la energía que demanda un hijo, sabemos que la clave está en equilibrar bien la vida/familia y el trabajo y que es preferible vivir con menos plata pero con el tiempo y la energía para lo que de verdad nos mueve: nosotros mismos, nuestro hijo, nuestra vida en pareja, quienes queremos.

Ha sido muy grato, eso sí, ver cambios que creemos son re positivos que nos entusiasma y enorgullece. El aumento de la población arriba de la bicicleta (claro que no me voy a meter en “si somos buenos ciclistas o no”, porque no lo somos), la cantidad de corredores y corridas que hay, la cantidad de creciente comida internacional que hay en todas partes (comida peruana en cada esquina, comida Thai, comida india), los parques nuevos y barrios remozados, cafecitos nuevos;  y sobretodo sentir cómo se ha empoderado la gente exigiendo sus derechos y comportándose como ciudadanos activos.  Se siente la voz de la gente.

Una de las grandes oportunidades de vivir en otro país, es descubrir cómo quieres el tuyo y encontrar el significado a la idea de calidad de vida. Para mí, ahora, la calidad de vida está en destinar la mayor parte de mi energía disfrutando a la pareja, la familia, los amigos. Eso involucra mucho esfuerzo en un país dónde hay una desigualdad desmoralizante, donde las jornadas laborales son largas, los sueldos bajos, las vacaciones cortas, los traslados largos y hostiles. Así que hay que ver cómo lo hacemos para mantener lo que hemos aprendido a valorar y seguir construyendo nuestro proyecto de vida sin perder el foco ni la energía.

Hemos cambiado. Y ustedes también. Guaguas nuevas, parejas nuevas, perros nuevos, cambios de casa, divorcios y quiebres, cambios a mejores y/o peores pegas, incluso religiones nuevas en nuestro círculo cercano en estos cuatro años. Todas las opciones y oportunidades posibles. Y todos hemos optado y hemos crecido.

Y estamos orgullosos de estar en casa.

Salud por eso. 

Adiós a los Lugares Comunes

NOTA: Esto fue escrito el 11 de noviembre de 2011, a mano, y ahora pasa a formato electrónico.

Con mi amiga Emma en nuestra última salida en Reading

Esto es algo que tengo que escribir ahora. Ahora es el presente. En cinco días más será el pasado. Un pasado que solo se tocará con recuerdos lejanos. El presente se toma por sentado. Esto es.

Es mi amiga Louise viniendo a mi casa con su hija Emily en la mañana. Emily y Enzo juegan. Dos niños hacen mucho ruido. Demasiado. Comemos pizza, tomamos café. Enzo y Emily están resfríados y tratamos que no tomen jugo del mismo vaso. A Emily se le cae el vaso, bota su jugo y llora. Enzo, que todavía no dice ni pío, sólo hace señas y apunta, va a la otra pieza a buscar otro vaso para que Emily no llore. Esto es el presente. La casa inusualmente con visitas. Estamos contentos y agradecidos. Vemos “In the Night Garden”. Los niños se pegan y los adultos podemos comer pizza tranquilos y conversar sin interrupciones. El presente. Viene mi amiga Emma de Oxford. Desde que se fue de Reading la veo poco. Presente. Y es tan rico verla. Que entre a la casa y se sienta cómoda; se saque sus zapatos y se ponga sus pantuflas y saque su termo con té verde de su bolso. Hábitos que aprendió en Japón.  Que nos haga reír con su forma de narrar las cosas que le pasan. Que hablemos del futuro. El futuro. Enzo cae rendido a su siesta. Emily y Louise se van porque Louise recibe un llamado del colegio para que pase a buscar a su hija Sofía porque no se siente bien: “she is not herself today”. Me encanta que las dos digan “bye” al mismo tiempo. Que Emily empiece a gritar “bye” cuando le empiezan a poner su chaqueta.

Un rato después salgo con Emmita, mientras Enzo duerme y Daniel, a pesar de la pega que tiene, se queda a cuidarlo full time. Y caminamos al paradero. Tomamos la micro. Conversamos sin parar. Mentalmente hago la lista de lo que le quiero contar porque hace tiempo que no hablamos face-2-face. Del Daniel, de nuestra visita a la Sarah, de Chile. Nos bajamos de la micro y justo en el paradero hay un autito de madera tan lindo que me muero de ganas de regalárselo al Enzo, pero es imposible con todo el equipaje que llevamos de vuelta a Chile en cinco días más. Vamos al banco, a la tienda china de Friar Street, a Primark, a comprarnos ropa, a TKMaxx. Luego a la cafetería, Nero, que abrieron hace poco donde antes estaba la tienda DIY Robert Dyas, donde con el Daniel compramos nuestros utensilios de cocina. Nos sentamos en un sillón, con el ruido de la cafetera de fondo. No coffees at this time of the day, pero si un jugo y un chocolate caliente. Hablamos. El pequeño break antes de que Emmita se tome su tren se transformó en una larga conversación. Latente está la sensación de que es nuestro último día juntas así, las dos, en el presente. Conversación con una taza en la mano. Nos tomamos una foto sin pena. Ya son las cinco y media y está oscurísimo ya. Yo pienso en que todavía tengo que ir a la tienda del celular y a comprarme zapatillas para correr, y que Emma se tiene que tomar un tren. Pienso en el Daniel y en el Enzo, la cena y todo eso.

Paramos afuera de la tienda de zapatillas, al lado de la estación. Sin pena. Sin pena. Uff. Nos vemos el domingo. Pero ya no habrá más café, ni tardes con Enzo, ni de shopping. Skype será un sucedáneo fome.
No tengo miedo de perder a Louise o Emma. Porque no va a pasar. Es sólo pena. Porque el presente tan rico y feliz que tengo no va a estar. Seguramente se transformará. Y ellas no estarán. Ni los lugares comunes. Es la rutina, los espacios que he creado y como hemos crecido dentro de ellos que me hace una persona tan agradecida.

Siento lo mismo que sentí hace cuatro años. Cuando dejé de trabajar en el lugar donde trabajaba entonces. ¿Cómo puede ser que este escritorio, este computador, cafetera, desaparezca mañana si han estado conmigo cada día, todo este tiempo? Y así es. Tal cual. De un día para otro: PASADO. Recuerdos. Experiencia. Ya no está. Son los espacios comunes que da nostalgia perder. La intimidad de la casa, sin teléfono, los tres, solamente los tres.  Desayuno, almuerzo, cena juntos. El silencio. Las idas al supermercado, los paseos a los playgroups con el Enzo. No perderme ningún minuto de su crecimiento. Tan de cerca, sin que nadie me reporte nada. Los fines de semana con el calendario vacío y ser los tres. Y los amigos que he hecho, que me sorprende haber hecho, y cómo hemos terminado juntándonos y saliendo y conversando.
Queda un vacío. Un vacío de espacios comunes solamente. Porque mi familia y los amigos, están más aquí que nunca. Son.

Cuando llegué hace cuatro años, ponía el despertador sólo para no dejarme estar. Cocinaba todos los días. Me producía al vestirme aunque pasaba encerrada en la casa. Salía a comprar leche y hablaba por largo rato con el dueño del corner shop. Porque no había nadie más, fuera de Daniel que iba a la Universidad. Y casi cuatro años después hago el mismo camino a la leche y todo es familiar, incluso saludo a gente que he conocido en distintas partes.  Se siente un poco como “home”, pero “home” está en Chile.

Y Chile será mi presente en unos días más. Lo sé y no lo sé a la vez. Seguramente seré igual de torpe que cuando llegué acá, no sabré como administrar el día, cómo organizar panoramas, cómo acostumbrarme a estar rodeada de gente, con nostalgia de mi linda rutina que es mi presente. Hoy 11.11.2011.

Tengo que dar las Gracias. A la Vida. Porque no sólo en estos cuatro años, sino que SIEMPRE me ha puesto en frente a gente, personas que generosamente me han hecho feliz y me han enseñado. Que tímidamente nos encontramos y después las separaciones son complicadas. Gracias a todos, soy mejor persona, feliz, tranquila y con tanto que aprender aún. Soy agradecida de la lista infinita de memorias y recuerdos, de estar llena de huellas.

Y si el mundo es justo, sólo deseo que esa mano esté devuelta. Que todos ustedes que se han cruzado generosamente en mi camino sean felices.  A todos, en el presente, pasado y futuro, GRACIAS. 

viernes, 6 de mayo de 2011

Reporteando la Boda “Real”

(O breves reflexiones de salón de té sobre la monarquía en un mundo moderno)

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(Esto es a pedido del público)
Hace un par de años leí en un diario de copuchas como le digo yo, la prensa amarilla, como reporteaban la noticia que no era noticia: el príncipe Guillermo y su polola Kate compraban lechuga en un supermercado. Era una nota con fotos, con entrevistas a la cajera para saber qué medio de pago usaron, y con otros testigos que comentaban lo simpáticos y normales que eran. Y esa ha sido la tónica de la prensa amarilla: que comen en uno u otro restaurante, que visten tal o cual ropa, que conversan con perico de los palotes, que van a un partido de cricket, rugby, polo. Ambos sin mucha gracia para aportar en la esfera sensacionalista: ninguno con accidentes “bajo la influencia,” o con comentarios controversiales (el príncipe Harry es mucho mejor para la prensa en este sentido, disfrazándose de Nazi, fumando marihuana, llendo a pelear a Afganistan y convertirse en el blanco para los talibanes). No hemos visto ningún “mugshot”. Y dentro de su “no sensacionalismo” tampoco hay mucho que aportar a la contingencia: él trabaja de aviador, ella no trabaja, ninguno es conocido por apoyar causas sociales o ni siquiera son íconos de estilo. 
Por lo expuesto anteriormente, estar pendiente de la boda real era como estar pendiente de la boda de un conocido cualquiera (que además tendría que ser millonario, eso sí), por lo que me mantuve más bien apática a la “grandeza” o la “importancia histórica” del evento.  O sea, no iba a celebrar como lo hicieron muchos ingleses (ACLARO eso porque sí me mantuve pendiente de todos los detalles que podían aparecer en los medios. Todos.).