sábado, 3 de mayo de 2008

La Música 02: The Black Crowes, la venganza

PARTE 1: LA AFRENTA

El año 1996 fui al peor recital de mi vida. Gran parte del estatus de “peor” tiene que ver, ciertamente, con el nivel de expectativas que tenía. Para variar, me había gastado plata que no tenía y, esta vez, era en grande, porque el asunto le llevaba viaje y estadía en casa de unos amigos de un amigo. La cosa era en Viña del Mar, en el Estadio Sausalito, y estaban todos que se hacían pichí porque tocaban Page y Plant, lo más cerca que íbamos a estar los roqueros shilensis de los Led Zeppelin en nuestra vida.


El motivo de mi expectativa y el desembolso, sin embargo, no tenía nada que ver con Page y Plant. De hecho, originalmente no pensaba gastar un peso en ese recital en particular. Los había visto en la tele, los había escuchado en la radio, los había visto en videos. Page y Plant daban rabia de lo aburridos que se habían puesto. Todo más suave, con varias octavas más abajo para que a Plant le llegara la voz y, lo peor, con una onda folclórica-étnica que para lo único que servía era para explicar por qué le habían quitado las guitarras eléctricas y el ruido rocanrolero a casi todas las canciones. Lejos de Led Zeppelin, el show que se venía era una cosa más de adulto-fome, onda treintón nostálgico (Dios me libre, toco madera). Más pa' señoritas, sin ánimo de ofender.


No no no. Decidí ir al recital cuando supe quiénes teloneaban: The Black Crowes. Los Rolling Stones de los 90 les decían muchos. En la práctica, eran en ese momento lo que Page y Plant habían dejado de ser hacía rato. Venían promocionando el tercero de una serie imperdible de discos de rocanrol blusero hecho y derecho. Acá se cachaban poco, así que era un milagro que vinieran.


El viaje, los tóxicos de rigor, llegar al estadio, hasta ahí todo bien, la verdad. Salieron los Black Crowes y metieron bulla y tocaron el mejor rocanrol que había escuchado desde los mismísmos Rolling Stones. Una hora en que sólo cantábamos nosotros y un lote de argentinos que había por ahí cerca, lo que le agregaba una de mística que ni les cuento. La felicidad del momento solo se comparó con la desesperación de ver como, justo cuando Thick and Thin, la canción del cierre, legaba a la parte climática… ¡Paf! Se cayó el sonido. Así de simple. Murió. Los músicos se miraban y le gritaban a los técnicos. Cuando Rich Robinson le pegó una patada a un amplificador estaba todo claro. Desesperado grité “Toquen unplugged!!! “. Es la única vez que he gritado algo en un recital y que me lo han celebrado a metros a la redonda. Lo malo es que no lo dije en broma. De verdad quería que se quedaran.


Pero no. La suerte ya estaba echada. Los Black Crowes se fueron entre las burlas de los Led Zepelinneros que ya a esas alturas gritaban el “Chaaaao, chaaaao” y coreaban “Sepelín, Sepelín”, frotándose las manos porque se venían los ídolos.


Los ídolos llegaron y fueron una bosta. Bueno, claramente no estábamos en el estado de ánimo para disfrutar nada, la verdad. Pero la tontera estuvo fome, no es que lo diga yo, no más. Los chascones metaleros que iban a lo del headbanging y a escuchar rock tuvieron que conformarse con las versiones baladísticas de casi todo. Caleta de versiones acústicas. Y con el sonido bajo. Y, claro, la guinda del berlín: solamente el comienzo de Stairway to heaven. Sí, como lo oyen. Los puros acordes del principio y de ahí a otra canción lenta.


Ahí ya me rendí. AC/DC había EMPEZADO con Back in Black, Kiss con Deuce (IGUAL que en el disco). Así fui criado en la cosa de los recitales. Los grupos pueden tocar lo que quieran, pero tienen que poner lo que la plebe quiere escuchar. Y nada de versiones especiales, porque la gallada quiere cantarlos. A ver si a Maiden se le ocurre alguna vez venir a tocar los primeros acordes de Number of the beast y al tiro pasar a otra cosa.


En fin, nos fuimos con mis amigos hacia el fondo y dejamos a un montón de metaleros haciendo lo imposible por hacer headbanging con la versión bossa nova de Moby Dick o qué se yo lo que a esas alturas estaban tocando.


Obciamente, el roquero chileno, el de la Futuro, es fiel y, debido a la escasez de oferta, no muy regodeón con sus ídolos. Casi todo el mundo quedó extasiado (vean, por ejemplo, esta nota) . Más por nostalgia, digo yo, que por el show mismo, que, comparado con el original, fue como ir a ver a Mazapán. Cuando nos íbamos, caché a un amigo de la U que estaba entrevistando a los que salían, supongo que para alguna radio. Me vio, se me acercó, me pidió un cigarro y me preguntó con micrófono en mano, sobre el recital. Emputecido, le dije algo así como: “Una mierda, se cagaron a lo Black Crowes”. Fue mi acto heroico de ese año. Tampoco le di el cigarro que me pidió. Ese fue el acto mezquino que anuló lo heroico del otro.


De ahí la vida continuó. Me dediqué a estudiar. Carretear. Envejecer. Cambié de amigos. De casa. De guata. De polola. Los Back Crowes se separaron. Me dediqué al rock progresivo por un buen tiempo, luego al pop, de vuelta al rock y después a lo que me pusieran por delante (a excepción de todos los grupos chilenos desde ese año en adelante).


PARTE 2: LA REVANCHA



2008. En la primera visita del Khal y la Sara a nuestro flat acá en Reading, nos pusimos a ver a qué recital podíamos ir los cuatro. Yo ya asumía que íbamos a terminar en alguna banda intermedia entre lo que a todos nos gustaba, o sea ninguna. Si existe una mezcla entre Linking Park (Khal), Usher (Sara), Pulp (Gaby) y AC/DC (yo), me tiro al Támesis y me voy nadando a Chile.


Por eso, cuando salió el nombre de los Black Crowes en la lista de gigs que leía el Kahl en el sitio de Ticketmaster, fue como si me hubiesen pegado un cachamal con un ladrillo. ¿Estaban re-unidos? (¿O sería mula, como Toto el año pasado?). El otro ladrillazo me lo dió la Sarah, que reaccionó antes que yo con un “¿En serio? ¡¡Siempre los he querido ver!!” que se le salía el entusiasmo como la palta a la marraqueta. El Khal puso cara de que igual iba y la Gabi su cara de mamá diciendo “Es que yo sé que al Daniel le gustan tanto…”. Me preguntaron si me tincaba y, de hecho, me costó sacar las palabras para decir que “Sí, podría ser”.


Como buen sueño, todo el resto pasó a la velocidad del rayo. Un par de clicks y estaba concretado. Iría a ver a los Black Crowes por segunda vez en mi vida. En Londres, ni más ni menos.


Pasaron las semanas. Harto que leer, harto que escribir, una conferencia, qué se yo. El caso es que llegó el día señalado y ahí estábamos en el metro esperando juntándonos con Sarita y Khalcito para ir al recital. Yo ni hablaba. Traumado como estaba, andaba con esa sensación de que si lo empezaba a anticipar mucho, algo podía pasar en el camino.


Sin embargo, la realidad sería mejor que un sueño. A continuación, la relación de esta experiencia con la de conciertos y tocatas a los que me ha tocado ir en Chile.El público. Llegar ya fue otra cosa. Pasamos a un Mierdonald’s a echarle algo a la güata y estaba lleno de rocanroleros. Chaquetas de cuero, cara de Harley-Davidson. Minas jiponas. Jóvenes, viejos, chicos. Todos con cara de marihuaneros buena onda. Otra cosa de público. Nada de metaleros con cara de Anarquía con un cuchillo en la mano, no. Rocanroleros, con actitud, con personalidad, con caras amables.


  1. El lugar. El Brixton Academy Theater es una maravilla de venue. Construido como teatro, se tiene una buena vista de todas partes y con una acústica del uno. Por dentro es como un municipal a medio cuidar, con harta escalera y columna y detalles interiores.
  2. Los revendedores. Son la misma custión, no más. Tratando de pasar piola comprándote o vendiéndote entradas. La misma cara de tramposos. Seguro que si me acercaba un poco más, llos cachaba hablando en chileno.
  3. De nuevo, el público. Había cola. De casi dos cuadras. Por primera vez en mi vida, en materia de rocanrol, no era minoría. Pero eso no era todo. A medida que avanzaba la cola para entrar… nadie empujaba. En serio.
  4. El copete. Casi todo el mundo sabe que en los recitales de los países civilizados se puede tomar. El lado malo, claro, es que un gringo curado puede ser peor que un Iván Moreira curado-odioso. El lado bueno, es que uno puede echar la talla, sentarse tranquilo con su vasito de chela y disfrutar de la música sin ningún atado. Todo relax. Tanto así que, gracias a la cerveza que me compró el Khal, pude ir un par de veces al baño y volver como si nada.
  5. El merchandising. De terror. Mi tradición milenaria de comprarme la polera del recital se me acabó ahí mismito, no más. 20 lucas por una polera es y será un robo aunque venga autografiada con la sangre de Jimmy Hendrix.
  6. El sonido. Nada que hacer. Nada de poder conversar con el de al lado mientras tocaban una canción. A todo chancho la cosa. Y uno ahí métale gritar todas las canciones que se pudieran. Hacía años que no salía con la garganta raspada de tanto gritar. Hacía años que no salía con el biiiiiiiiiiiiiiiii eterno que indica que los tímpanos quedaron ahí todos saltones. Y me duró un día entero.

Los Black Crowes mismos estuvieron increíbles. Tocaron casi dos horas y media, al menos una hora más del estándar de una hora y cuarto o media hora a lo más que duran los recitales por acato últimamente. Dos horas y media de guitarras fuertes, coros de negras, harto hard rock, soul, blues, spiritual, rythm and blues, lo que uno pidiera. Era tan tarde para estos pobres gringos. Se miraban con cara de que ya no alcanzaban el metro. Varios se fueron antes, de hecho.


Salí aturdido, preguntándome si había podido disfrutar todo lo que podía haber disfrutado. El resto fue llegar a la casa cansados, pero contentos. Sarigüella había escuchado las canciones que quería escuchar, al Khal le había parecido rebueno y la Gaby decía que se había sentido como en otra época. Tan bien la pasé que, recién ahora, escribiendo esta nota, cacho que sólo faltó un partner más rocanrolero y conocedor para haber podido conversar de la cosa más técnica, que la Gibson que usó, que cachaste cómo cambió esa parte del solo, que podrían haber tocado la del otro disco, qué se yo. Ahí podría haber estado Pascualita, la verdad. Pero en el momento, la verdad sea dicha, me podría haber dado un aneurisma y me habría parecido OK.


Ya tarde, pasada la medianoche londinense, me dormí cansado.


Satisfecho.


Si me va mal con lo del doctorado, qué tanto, si total ya me vengué.




2 comentarios:

  1. Mi amor... gracias por lo de "cara de mamá". What's that suppossed to mean? Puedes seguir riéndote de mí, porque yo también fui al concierto de P&P; o sea, 2 cosas: 1. No tenía idea que había visto a los Black Crowes y 2. Quizás cruzamos miradas cuando yo tenía 16 años ;-). Te puedes seguir riendo aún más de mí: supe de los Black Crowes porque el vocalista estaba casado con Kate Hudson. Mucho E! Entertaiment Television. A mí me falta RRRROOOOCKKK, como dicen en la radio Futuro. Espero para los próximos conciertos de Rock tengas un partner para comentar lo de las guitarras. Ya. Mejor paro.

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  2. increíble don muñoz. las venganzas son lo mejor, sobre todo si son a todo volumen.

    a mí me pasó cuando me perdí a the strokes en santiago por estar estudiando en australia. me quería patear el trasero con la frente, pero un mes después, los pude ver en un bar pequeño (algo así como la batuta)con 300 personas más, y en primera fila. wa! el sonido del pitillo me duró harto. más que a los que fueron al victor jara, seguro.

    lo del partner rockero es un calvario para el rockero de verdad, pero a medida que pasan los años, pasan las tocatas y pasan las gentes, el rockero tiene que crear a un amigo imaginario, charlar, comentar y llegar a casa para escribir en un blog.

    increíble, otra vez se lo digo.

    suerte, y más suerte.

    lucas

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