jueves, 16 de octubre de 2008

Chungungos en Reading 0, la Precuela

Vuelvo al blog después de que la desidia y las tareas académicas me quitaran el poco tiempo que parece que uno tiene cuando uno es el que lo administra.


Tengo varios pendientes: un par de recitales más, más comida y datos costumbristas. Pero hay pendientes más pendientes, creo. Empiezo con uno vital en la explicación de esta historia. De qué se trata todo esto de estar en Reading.


Como todo en esta vida, nuestra presencia en Reading es el resultado de una mezcla de oportunidad, trabajo, planificación, improvisación y suerte. En primer lugar, por supuesto, la obligación. Mucho tiempo había pasado chuteando el tema del doctorado. Primero, que recién había terminado el magíster, luego que estaba entero endeudado, luego que a qué hora preparo papeles, y así y así, hasta que llegó el año en que me pasaba de edad para postular a la Beca Presidente de la República.


La postulación a la beca la mandé el último día a una hora del cierre de las postulaciones. ¿Por qué tan a la hora de los quesos? Porque antes tuve que enviar una postulación a Inglaterra, para tener con qué justificar la solicitud. Eso significó preparar una propuesta de proyecto. Todo eso tomó semanas de escribir, llenar formularios, juntar papeles, gastar plata y más plata y enviar una cantidad absurda de correos electrónicos.


Meses después recibí mi carta de Lancaster. Me decían que muy bonito mi proyecto pero que no tenían supervisor disponible. Según la Sarita eso era bueno porque en general a uno le decían que chao, no más, sin opinar sobre el proyecto (Lección para la vida: si se quieren ir a la segura, primero contáctense con las Ues que les interesen y se pololean un supervisor ANTES de postular. Me lo dijo Malcolm Coulthard y ese caballero sabe de lo que habla). Tres días después, me llego el mail que me avisaba que me habían dado la beca. En el momento, estaba apurado haciendo quizás qué otra cosa. Alcancé a llamar a la Gabi y más tarde a la familia. Emocionados todos, pero a la pregunta de ¿A dónde te vas?, la respuesta no podía ser más estresante: a ningún lado, que yo sepa.


Me contacté con la gente de MIDEPLAN para preguntarles si podía postular a otras Ues y me dijeron que sí, pero que el comité tenía que decidir si las Ues nuevas valían la pena.


Otros tantos meses postulando a otras tres universidades. Recolectar las cartas de recepción de solicitud, presentarlas a MIDEPLAN y esperar que les gustaran mis nuevas postulaciones. Todo en la incertidumbre. Siempre parecía que me faltaba un visto bueno de alguien o un documento de alguien más.


Me rechazaron de Birmingham porque no le hacían al tipo de proyecto que presentaba. Y luego me llegó la aceptación de Reading. La última postulación que mandé. La única llenada a mano. A última hora. Sin fe.


Más trámites, la gente de la beca que no me contestaba porque yo no preguntaba. La gente en Reading apurándome para mantenerme el cupo. A última hora haciendo ventas de garaje, sacando visas, pasaportes, despidiéndose, embalando de todo, consiguiendo los permisos de la U para ir a estudiar (con goce de sueldo, se entiende), prometiendo últimas visitas y conversaciones que finalmente nunca fueron, saludando y viendo a un montón de gente por última vez en un montón de tiempo. Todo el rato con la sensación de que quedaban más cosas pendientes que solucionadas y de no tener claro qué era lo que exactamente estábamos haciendo. Y entre medio, trabajando, clases, correcciones, lecturas, el Coloquio de Cognitivos, publicaciones, presentaciones. Gabita, por su parte, trabajando como china antes de dejar su trabajo en el British Council, luchando con (¿contra?) su tesis para entregarla antes de irse (o lo más luego posible desde Inglaterra) y preparando la logística del viaje (reservas, mapas, platas, horas, búsqueda de arriendos…).


Las maletas las terminamos de hacer el día que nos fuimos y nuestras madres se encargaron de ordenar lo que no alcanzamos a ordenar nosotros en nuestro departamento.


Para cuando estábamos en el aeropuerto con la Gabi, ya habíamos perdido tres kilos cada uno en poco más de un mes, no habíamos dormido como la gente en semanas y nuestras conversaciones se trataban de listas y más listas (de trámites, personas, conversaciones, eventos, cosas qué llevar, regalar, vender y guardar). La pena de la despedida antes de perdernos de la mirada de nuestras familias terminó con la última gota de energía que nos quedaba. Lo que quizás fue bueno, porque finalmente estábamos tan exhaustos que no nos quedaban muchas ganas de sentir más pena o preocupación.


Del vuelo mismo ni de cómo llegamos al bus que nos traería a Reading no me acuerdo nada. Mi memoria empezó a computar de nuevo cuando caminamos desde la estación al hotel que Gabita había reservado. Inglaterra seguía viéndose tal y cómo me acordaba de ella. Nublada y llovisnoza. Nuestra primera comida fueron unos noodles en un restaurant que estaba frente a Primark y que cerró a la semana siguiente. Comimos sin apetito, con el cuerpo cortado de tanto viaje, ojerosos y medios deshidratados. Nuestra lista de tareas para los siguientes tres días incluía conseguir departamento, encontrar la universidad, registrarme en mi programa, empezar el par de módulos del Master que incluye mi programa y empezar a instalarse.


Tampoco fue fácil, pero a esas alturas ya nos habíamos hecho más adultos que nunca antes en la vida. Y estaban Sarigüella y Kahlcito en Londres, así que teníamos familia cerca.


Nueve meses después.


Estoy escribiendo en el Post-Graduate House, un edificio muy bonito al que tenemos acceso los estudiantes de doctorado. Vengo saliendo de una reunión de preparación para mis clases de la próxima semana. Estoy en un cómodo sillón en el hall escribiendo en este notebook ultra-liviano que tengo gracias al gentil auspicio de mi suegro. Acaban de salir un montón de estudiantes de postgrado de alguna sesión de entrenamiento de las decenas que ofrecen (metodología, investigación, estadística, habilidades de presentación, por ejemplo). El hall está lleno de conversaciones en inglés con acentos de todo tipo: africanos, pakistaníes, japoneses, chinos, británicos de varias partes, un par de kiwis. La Gabi está en el centro de Reading tomando un curso para el CELTA Certificate, lo que combina con su trabajo de medio tiempo en el Center for Language Studies de la universidad. A las 5 voy a estar en una pequeña recepción a los estudiantes nuevos de doctorado de este año que empezó en octubre.


Cuando caminamos por la U hay gente que nos reconoce y nos saluda. Tenemos caseros en los negocios y en la feria.


Tenemos amigos nuevecitos, alegres y cariñosos.


En la noche, seguramente, vamos a comer mientras vemos un capítulo de Dexter en línea o de Prime Suspect, si es que nos ha llegado por correo nuestro par de discos de LoveFilms. Nos acaban de arreglar la calefacción, así que no pasaremos frío.


Es cierto, a Gabita le habría gustado estar acompañando a su hermana mientras espera a Benito y a mí me habría gustado haber gritado el gol de Chile contra Argentina con mi papá y mis hermanos.


Pero de algún modo perdernos esas cosas sirve para recordar un par de verdades. Por ejemplo, que hemos tenido suerte, que la vida es buena y que la felicidad, por muy feliz que sea, no es nunca fácil.