martes, 10 de marzo de 2009

I love Antwerp


Finalmente llegó el día en que partiríamos a ver a Angela Pamela a Antwerp. La última vez que vi a Angela fue en el departamento que arrendaba en Macul, en enero del 2008, unos días antes de partir a Reading. Ella estaba moretoneada entera y coja, pero estábamos todos muy aliviados de que haya salido viva de un atropello que la tuvo en la UTI, en coma, unos días. No la cuenta dos veces y, for de record, dice que no vio ninguna luz en un túnel.

Y cosas así pasan y te hacen reconsiderar la vida, de lo corta que es, follow your dreams y todo eso que suena siútico pero es cierto. Y por eso ella ahora vive en Antwerp, donde vino a vivir con su novio belga llamado Dieter quien, al igual que Daniel ama la conversa y el playstation.
Tuvimos nuestra primera experiencia Eurostar y fue para repetirla muchas veces. El tren mismo sólo se demora dos horitas y llega a la misma estación de Bruselas, donde se toma otro tren a Antwerp que dura 45 minutos más. Nada de check-in, ni ese estrés de aeropuerto de las dos horas antes. Fue agotador, pero sin mucho rato de espera que es lo que más latea. Fue más que nada harto rato arriba de transportes (micro a la estación de Reading, tren a Londres, metro a Eurostar, tren a Bélgica, tren a Amberes y metro a casa de Angela: en total 7 horas puerta a puerta).

Nuestros anfitriones nos trataron como si estuviéramos de visita oficial, así como Charles y Camilla visitando Santiago en estos días. Conscientes de nuestros gustos por el leseo, nuestra primera parada fue en un bar de cervezas, donde la carta era como de 5 páginas sólo de cervezas. Aprendimos que hay beers y Pilsen, o sea cervezas y pílseners. La primera es más fuerte sobre 5 o 6 % de alcohol y las Pilsens son más aguachentas, esas que conocemos nosotros. Mi primera “beer” tenía 11 grados de alcohol y me la tomé lentito porque era bien cabezona. Así que acto seguido mostré la hilacha pidiendo coca light, mientras los otros seguían probando la rica cerveza de verdad, aromatizada y con un color dorado hermoso. Luego fuimos a otro barsito, donde tenían armada la media fiesta. Había un caballero curadito que se lo tuvieron que llevar de a 3, después que se cayó como tres veces en la plaza de Antwerp, a la salida del local. Era una especie de fiesta privada, donde las chiquillas que atendían eran como un team y ponían canciones y el que estaba más arriba de la pelota era una especie de Kramer belga, con su chaquetita negra sobre una camiseta blanca que nos invitó unas cervezas. Descubrimos, entre otras cosas, que hay una versión en flamenco de “próvocame” de Chayanne. I love Antwerp porque los bares cierran tarde.

Siguiendo con el turismo culinario, los días que siguieron incluyeron hacer un par de colas para comprar pan, galletas y “colegiales” en la panadería más antigua de Antwerp. La cola valía la pena. Comimos un arrollado de chocolate y mazapán y compramos chocolates belgas que cuidaré como hueso santo. A ver cuánto duran. Incluso osamos preparar un mouse de chocolate con chocolate belga. También probamos el fondue, que no es cómo el que uno conoce, el de queso, sino que son pedazos de carne, pollo, pescado, mariscos, que uno mete en la fondue a freír. Y la cerveza en todas las paradas, por supuesto. También probamos la ginebra, un licor dulzón que tendremos que probar con más tiempo la próxima vez que vayamos.

El turismo nos llevó a Brujas, una ciudad bien de cuento, que muchos dicen que es la ciudad más linda de Europa que tiene chocolaterías en todas las cuadras. En Antwerp arrendamos unas bicis y fuimos de paseo a la playa más fea que uno pueda ver jamás. Y es famosa por eso, por lo fea. Da al río, no al mar y le tiraron un poco de arena para que parezca playa y de fondo se ven puras industrias, nada de horizonte con gaviotas, y para qué hablar de olas. Antwerp o Amberes es una ciudad muy linda, con una catedral imponente y con plazas y callecitas muy monas, donde mandan los adoquines, las bicicletas y los estudiantes. También fuimos al museo de Bellas Artes que tiene muchas obras de Rubens y Van Dyke. O sea, una lluvia de Cristos crucificados y Vírgenes María dando papa.

Bien caminado, bien paseado, bien comido, bien conversado. Nada que nos guste más en nuestro espíritu hedonista. Pero lo mejor fue ver a Angelita tan feliz, manejándose tan bien en todos los idiomas (chuta que país más multilingüe), como una local más. Y feliz en su bello departamento, su nido de amor, junto a su hombre que la adora y que la hace reír. Ella le prepara su cafecito y su pan con nutella en las mañanas. Luego va a sus clases del flemish y va al gimnasio y lo espera en la noche con comidita calentita. Pronto cuando tenga su residencia podrá buscar trabajo haciendo clases de español o de inglés. Por mientras, tiene un permiso temporal y para no llevarse mal con la ley, cruza la calle sólo con luz verde para el peatón. Y así cambia la vida, y así la vida nos da nuevas oportunidades y nos obliga a tomar caminos, que nos llevan a Roma, Antwerp o Reading. Todo sea por ser felices y mejores personas.

Gracias Angela y Dieter. Dank U wel.