sábado, 24 de julio de 2010

Madres Empoderadas: sobre las diferencias de tener un hijo en el sistema público inglés

Estar en Inglaterra y en las circunstancias en las que estamos hacía toda la diferencia. Yo y Daniel tenemos trabajos flexibles. Como estudiante tiempo completo Daniel administra su tiempo y puede trabajar desde la casa. Y yo como trabajadora part-time y con trabajos temporales podía garantizar crearme el tiempo para cuidarme en el embarazo y poder gozar de una licencia maternal de país desarrollado. Acá, para el bienestar de los hijos y las madres y no del empleador, se otorga 26 semanas de licencia pagadas + 26 semanas en que te mantienen el cargo pero no el sueldo. Yo opté por la totalidad de 52 semanas y debería volver a trabajar, si es que lo decido así, en marzo del 2011. Hasta entonces nada me impide ser mamá full time. Gracias por eso.

Una vez embarazada, empezamos a descubrir lo que ofrecía el sistema público inglés. Lo que uno sabe desde el principio es que es gratis. O sea, los controles, ecografías, pabellón, etc., es gratis. Todos los ciudadanos, residentes, estudiantes tiempo completo tienen derecho a sistema de salud gratuito. Luego vino comprender como operaba todo.

Y es interesante. Muy distinto a Chile. Considerando que se trata que el sistema sea lo más eficiente en términos de costos y lo más justo posible, el sistema de salud pública se basa en la información y el empoderamiento. La primera visita al doctor incluye que te pasan un pack con toda la información necesaria para que lo leas: folletos, libros, etc. También están los cursos para papás nuevos o de dar pecho. Y esa es la responsabilidad del paciente: informarse. Luego, el empoderamiento: la futura mamá decide si quiere hacerse las ecografías, los exámenes y finalmente cómo quiere que sea el parto. Es decir, toma decisiones de dónde quiere que sea el parto, qué anestesia quiere, qué posición, etc.

Creo que es muy distinto en Chile dónde uno elige el doctor, como quien elige a un gurú, y en él uno deposita toda la confianza y hace lo que le dicen. ¿O me equivoco?

Otra diferencia está en que acá uno ve a la matrona, no al médico obstetra. Una futura mamá verá a un médico sólo en caso de tener algún tipo de riesgo. Y los controles son cada 4 o 6 semanas y las ecografías son dos, a las 12 y a las 20 semanas. Yo vi a mi matrona unas 5 veces en todo el embarazo. Y la que estuvo en el parto nunca la había visto antes en mi vida. Lo sé, a muchos amigos y familiares se les cayó el pelo con ese dato.

Otra gran diferencia es que acá existe la posibilidad de tener el parto en la casa si es que no ha habido riesgos. Es opción del paciente. Para mí jamás fue una opción. Se me olvidó el momento en que me lo dijeron. Para mí las guaguas nacen en los hospitales y sobretodo siendo primera guagua, no me atrevía porque me daba julepe. Pero con la cantidad de información y la actitud humana hacia el parto, a medida que avanzaban los meses, me sentí empoderada y tranquila. De pronto, tenerlo en la casa tenía todo el sentido del mundo. Estar en un lugar familiar podía relajarme y hacer el trabajo de parto más corto. (Y es totalmente cierto, imagínese que alguien lo está mirando hacer pipí, cuesta mucho más). El hospital era ajeno, gigante, feo (como todos los hospitales).Y si había una complicación obviamente me llevarían al hospital (a cinco cuadras) por lo que no tenía de qué preocuparme.

Todas estas diferencias se explican, creo yo, en que tener hijos es visto como algo totalmente natural y no como una enfermedad. Es algo humano. Por lo tanto, ¿para qué tantos controles?, ¿para qué un obstetra?, y ¿para qué un hospital? Tiene mucho sentido.

De tenerle pánico al parto, terminé estando totalmente relajada al respecto, confiando plenamente en que mi cuerpo estaba diseñado para tener hijos por lo que me la podría sola (sin anestesia), que quería tenerlo rodeada de mi gente y no de enfermeras y matronas. Todas las decisiones las tomé yo. Y en gran parte, creo que el sistema de salud público inglés permite que eso pase.

Es un sistema público que busca ser justo y humano. Y claramente va de la mano con el gran tema de costos. O sea, tenerlo en la casa es una cama menos en el hospital y eso abarata costos y se puede gastar en otras cosas. Lo mismo con ver a una matrona únicamente si el embarazo es normal.

Para terminar, el mejor ejemplo de sistema de salud pública moderno. Me llamó mucho la atención que haya una campaña fuerte de información y apoyo al amamantamiento (mucha información verbal y escrita y cursos y clínicas de apoyo). A mí nunca se me ocurrió alimentar a Enzo con fórmula en vez de leche materna, pero acá parece ser que hay una tendencia a dar mamadera desde que nacen. La leche materna es lo mejor que le puedes dar al bebé, porque las investigaciones demuestran que guaguas amamantadas tienen menos riesgos de diabetes, obesidad, infecciones, caries. La lista es larguísima y al fomentar el amamantamiento no sólo lo hacen más humano sino que a largo plazo les abarata grandes costos al sistema de salud. Eso es política pública. Eso es visión a largo plazo. Eso hace que el sistema sea eficiente.

Recursos:
La Liga de la Leche
The Pregnancy Book (Libro en PDF en Inglés del Ministerio de Salud. Descarga gratis)
From Birth to Five (Libro en PDF en Inglés del Ministerio de Salud. Descarga gratis)

Optando por un embarazo sano: ¡sí se puede!


En realidad, aparte de saber cómo se hacen las guaguas, no sabía nada más de la maternidad, llámese embarazo y crianza de chiquilines. Sólo lo de las películas, como que en el embarazo uno se la pasa vomitando, que el parto es puro grito y dolor por horas, que se vive con antojo, y que uno sabe que va a tener la guagua en la mitad de la noche porque justo empezaron las contracciones. También por experiencias de personas cercanas uno aprende que hay embarazos más complicados que otro, que hay guagüitas que se pierden y que se puede subir mucho de peso, o hincharse de pies a cabeza. Nada bueno.

Sólo quería un buen embarazo. Según la creencia común eso no depende de uno, sino que de la naturaleza. Sospechoso. Le tenía pánico a pasar nueve meses en cama, subir mucho de peso (según muchos es inevitable y es genético) y a las hemorroides. Y bueno, pánico al parto mismo: ¡qué miedo! Pero la información es poder. Así que me dediqué a estudiar con la idea de desafiar esa creencia y hacer todo lo que me pudiera ayudar para disfrutar los nueve meses más cortos y más largos de mi vida.

Según mi experiencia depende de uno y no de la naturaleza. Las claves son, en mi opinión, la alimentación, tener un buen estado físico y eliminar el estrés. Estas tres cosas no sólo durante el embarazo sino que antes (y después) también.

Sí. Tuve la suerte de tener un embarazo sin muchos síntomas. Y eso sí que parece ser genético, hormonal. Tuve sólo 3 días en las primeras semanas en que sentía que tenía la peor resaca de mi vida y por semanas anduve muerta de sueño. Así que comiendo galletitas de agua y acostándome a las 21.00 no más. Después en el segundo y tercer trimestre sufrí acidez e insomnio, así que tuve que cortar las comidas pesadas y las frituras y para el insomnio simplemente lo asumí y tuve laaaaargos desayunos y escribí harto en mi diario de vida. Para cada síntoma que me pareció inevitable busqué una solución que lo hizo menos traumático.

Me salvé de tener antojos. Según yo, sólo tuve antojos relativamente sanos: lechuga con limón y sal y duraznos (hasta 6 en un día). Al final me dio con los helados pero tampoco tuve a Daniel saliendo a comprar helado a las 2 de la mañana. No sé si fueron antojos propiamente tal porque ¡todavía los tengo!

Y también me salvé de las hemorroides. Y eso NO CREO que sea genético. Tanto susto a que fallara mi ya flojo sistema digestivo me llevó a averiguarme de todas las posibles formas de evitarlo hasta encontrar la clave: la dieta. Nunca había tenido mejor digestión: mucha agua, frutas, verduras y avena con ciruelas secas en la mañana; y chao galletas y masas no integrales. Mis chanchadas eran las almendras que tienen mucha fibra.

Y mi pánico máximo era subir de peso. Por un lado el miedo es a sentirme fea y que después cueste mucho bajar los kilos subidos (¡Qué lata!) y por otro, el miedo a no tener un embarazo y parto saludable por los kilos extras.

Subí casi 10 kilos en los 9 meses. Así que carita feliz para mí, sobre todo por mi diente largo. Eso de creer que uno tiene que comer por dos o que en el embarazo uno puede comer lo que quiera es absolutamente “farso”. Totalmente creencia de abuelita. Está creciendo una personita adentro tuyo y tú sólo le quieres dar lo mejor y en cuanto a aumento de calorías sólo necesitas 300 extras al día, lo que no es mucho. Para mí fue casi como estar a dieta, comiendo harto, pero rico y sano, con salidas esporádicas. Debo aclarar que nunca dejé de comer chocolate, sólo en momentos en que mi digestión me hacía la desconocida, pero que sí los consumí con moderación.

Otra creencia de abuelita es que las embarazadas no deben hacer ejercicios. A mi hermana le dijeron que ¡no subiera escaleras! Y eso, la evidencia ha demostrado, es falso. Todo lo contrario, mantener un buen estado físico afecta positivamente al bebé y te prepara de mejor manera para el parto a ti y a tu guagua (posicionándola óptimamente). No hay que volverse loca, pero uno puede hacer el mismo ejercicio que hacía normalmente, pero no más. Y evitar, obviamente, ejercicios que tengan riesgos de golpes o caídas mala onda. Yo pude seguir corriendo, con un poco menos de intensidad hasta los cinco meses. Después me molestaba un poco la guata y comencé a caminar (al final como patito, pero caminé) que ayuda mucho a posicionar al bebé.

Paralelamente compré unos DVDs de yoga prenatal por amazon y me inscribí en un curso de pilates para embarazadas. El yoga tuvo efectos demasiado positivos y es una actividad que recomiendo a toda mujer embarazada. Practicándolo con regularidad, 2 a 3 veces por semana (no sé como lo hice, pero lo hice) te ayuda a mejorar la respiración, que es muy necesaria en el parto y para relajarse en momentos de ansiedad, a cuidar la espalda que sufre montones con el bulto adicional, y a posicionar bien al bebé y a aprender y elegir posiciones que puedes usar durante el parto. Pero por sobre todo te ayuda a sentir el control sobre tu cuerpo y confiar en él, en que puedes tener un parto sin problemas.

Para controlar el estrés en realidad fui totalmente descarada. Primero que nada estoy acompañada de Daniel que es totalmente zen. Además, ya trabajaba tiempo parcial y me fui a Chile dos meses de vacaciones. Enzo estuvo en Papudo, el Quisco, Tongoy, El Valle del Elqui; respirando aire puro, descansando y nadando; rodeado de familia y amigos que me regalonearon de lo lindo.

Y en el último trimestre comencé a practicar hipnosis. Técnica totalmente subestimada y poco utilizada como una forma no invasiva para controlar el dolor. Mi pánico siempre fue con la epidural –totalmente infundado, lo sé-, y probaría cualquier cosa para evitarla. Consiste en un CD con una grabación de 30 minutos con visualizaciones de relajación y sugerencias de que el parto es totalmente natural e intuitivo. En vez de ver el vaso medio vacío empiezas a verlo medio lleno. Te sugieren escucharlo 3 o 4 veces a la semana y te relaja y te hace sentir más preparada física y psicológicamente para el parto. Según yo, el estar relajado ayuda a que el parto progrese más rápido y si va a doler, mejor que dure menos. Esa era mi objetivo.

En mi caso, llegué al parto sin ninguna gota de susto o estrés. No puedo decir si sentí menos dolor, porque no tengo nada con qué comparar. Dolió y mucho, pero siempre me sentí en control y cuando estaba más débil me recordaba a mi misma que podía hacerlo y que cada vez faltaba menos. No me queda nada más que decir que funciona. El feedback externo lo indica.
Raya para la suma, subí 10 kilos y me mantuve activa, con buen estado físico y relajada durante todo el embarazo. Sólo al comienzo estaba ansiosa porque no sabía cómo me iba a cambiar la vida y todo era desconocido. Y llegué al parto preparada física y mentalmente y eso significó un parto más corto, sin miedo y ¡sin ningún punto!

Nunca me ha gustado andar aconsejando a la gente. Pero dada tanta creencia de abuelita alrededor no puedo evitar recomendar a todas mis amigas lectoras que quieran tener guagua que se hagan el tiempo para pasar nueve meses relajadas, que no dejen de hacer ejercicio cardiovascular y localizado para embarazadas; que coman sano pero rico y que crean en sus cuerpos y vivan un embarazo sin miedo. Pucha que ayuda.

Referencias (todas en inglés):

Hipnosis: http://www.natalhypnotherapy.co.uk/

DVD: Pregnancy Health Yoga with Tara Lee

Libros:
The Pregnancy Book 2007
What to Expect When You Are Expecting

Recursos en Línea:
BBC - Parenting
BBC - Health - Pregnancy
Bounty Club
What to Expect

lunes, 19 de julio de 2010

10 de mayo 2010: la llegada de Enzo

Un día después de la fecha estimada de parto y haciendo todo lo que la creencia popular dice que hay que hacer para inducir el parto, incluyendo curries y caminatas, a las 3 AM del lunes 10 de mayo comenzaron las contracciones. No es como en las películas, no, no desperté a Daniel para decirle que deberíamos partir al hospital sino que tomé un papelito y empecé a anotar cada contracción para ver su frecuencia. Y traté de dormir, porque sabía que se venía duro, pero fue difícil.

Al hospital sólo podíamos llamar cuando tuviera tres contracciones cada 10 minutos y para eso podían ser horas. Así que nos dedicamos a descansar, tomar un buen desayuno y almuerzo, salir a caminar y comprar leche, fruta y el diario del día. Daniel me hizo un masaje, hice unos ejercicios de yoga, armamos el juego de terraza e hice mi última sesión de hipnosis.


Cerca de las cuatro de la tarde de ese lunes llamé a mi matrona (por segunda vez; la primera vez llamé al hospital y donde hablé de corrido me dijeron que llamara cuando no pudiera mantener una conversación telefónica) para que mandaran a una matrona para la casa. Sí, porque el parto no fue en un hospital sino que en nuestra casa. Llamamos a la Sarah, quien sería mi segunda “birth partner”, para que se viniera de Londres y le avisamos a la familia para que estuvieran atentos.

Decidí tener el parto en la casa después de conocer el hospital con 37 semanas. La maternidad estaba llena y me advirtieron que en caso que pasara eso, me llevaban en ambulancia a un hospital más lejos, mucho más lejos. Sin auto y viviendo a cinco cuadras del hospital, me parecía ridículo que no pudiera tener a Enzo ahí. Pero lo más importante es que creo que tener un hijo es un acto natural, humano e íntimo y los hospitales van en contra de todo eso, sobretodo de la intimidad. Y en la casa no puedes tener anestesia, pero ya había decidido tratar de mantenerlo lo más natural posible. Después de todo, el cuerpo está hecho para soportarlo sin anestesia. De que se puede, se puede. Uno no se puede morir de dolor.

Cuando llegó la matrona -Mary, a quien no conocía- armó toda la parafernalia que incluía mucho papel y plástico alrededor de la cama. Me revisó y ya estaba dilatada 4 cms y parece que eso era bueno. Todo parecía indicar que sería un parto rápido. Y parece que lo fue en comparación a otras madres primerizas.

Como era de esperar (pero no de imaginar) las contracciones se pusieron más fuertes y era un dolor que a ratos era difícil de aguantar y que incluso me daban náuseas. Tomé posición: apoyada en la cama como si estuviera rezando, aferrada al brazo o cuello de Daniel.

Hasta ese punto me las arreglé con paracetamol y una máquina TENS (que es la que te ponen los kinesiólogos para dolores musculares, lo que hace es vibrar un poco en la zona, liberando endorfinas que te ayudan naturalmente con el dolor). Y bueno, la hipnosis que practiqué por dos meses: puro control mental del dolor y de la situación (más de la situación que del dolor debo decir). Cuando las contracciones se pusieron más fuertes e intensas y le estaba quebrando el brazo al pobre Daniel, empecé a inhalar un gas llamado Entonox que te vuela lo suficiente como para sentir menos los peaks de las contracciones. En un momento estaba por las nubes. Mi capacidad pulmonar estaba tan bien ejercitada con el yoga que inhalaba bastante más que lo normal y quedaba tan volada que incluso podía dormir entre las contracciones. Lo anecdótico es que se acabó el tanque y la matrona no podía desarmarlo para cambiarlo. Al final se arregló después de 20 eternos minutos. Entremedio rompí aguas, fui al baño a hacer pipí, llegó la segunda matrona, Becca; cambié de posición y me acosté en la cama. La matrona regularmente me medía el pulso, llenaba papeles, monitoreaba el corazón de Enzo. Siempre muy respetuosa, informándome de qué me iba a hacer, pidiendo permiso, dándome ánimo.

Cuando ya estaba la suficientemente dilatada, me mandaron al baño (en realidad lo sugirieron), literalmente a sentarme en el wáter, porque pujar es, en realidad, como ir al baño. Entonces el cuerpo podía reaccionar más naturalmente. Ahí estuvimos todos en el baño, fuera la dignidad. Y en eso, con el grito de dolor más tenebroso posible apareció la cabeza (Y es ahí donde el dolor de las contracciones parecen un chiste) y de ahí de vuelta a la pieza a pujar, arriba de la cama en cuatro patas. Cuando el dolor es el más fuerte es cuando estás más cerca del fin y eso lo compensa. Tocas la cabeza de tu guagua y eso te renueva todas las energías. Sólo un rato después de empezar a pujar nació Enzo, salió su cabecita y luego su cuerpecito y directo a nosotros, nada de limpieza; todavía colgaba el cordón. Daniel le cortó el cordón. Un poco maneado pero lo hizo.

Y ni siquiera nos miramos con Daniel. Los dos miramos a Enzo como si no hubiera nadie más en el universo. Se me olvidó el dolor, la incomodidad y tener la pieza llena de plástico y varias toallas llenas de sangre. Ahora somos tres.


Luego tuve que dar a luz a la placenta y vino mi tan deseada ducha. Daniel regaloneó con el Enzo y después me lo pasaron para que le diera pecho altiro, porque la recomendación para asegurar un buen agarre es que uno alimente al bebé lo antes posible. Una vez eso estaba más o menos bajo control, todos los papeles llenados, y todo más o menos limpio, las matronas se fueron.


En un momento pensé que no me la iba a poder. La Sarah dice que pensó que me iba a morir con los gritos, que la vena del cuello se me salió. Pero en realidad el trabajo mental de sentir que cada vez queda menos y de que “igual podría aguantar más si ya he aguantado lo aguantado hasta el momento” me ayudaron a que saliera todo bien. Ese es el trabajo mental. La matrona encontraba que estaba muy relajada y que tenía muy buen estado físico. Esas dos cosas (potenciada con la ayuda de hipnosis y yoga; y aprender lo máximo posible sobre parto) me ayudaron a que fuera posible hacer esto en la casa. Me sentí empoderada, sin miedo, asumiendo que es lo más natural del mundo y mi cuerpo responderá de manera intuitiva.

Si Daniel -quien todo el tiempo ha sido lo máximo, apoyándome en todas las decisiones, dándome apoyo moral cuando he tenido problemas (y encontrándome bonita a pesar del bulto), acompañándome a todas las visitas médicas, ayudándome en la casa- no hubiera estado haciéndome el coaching, ayudándome con la respiración, diciéndome lindas palabras de aliento, dejándome que le dejara los brazos morados de puro apretarlo, no sé si hubiera podido. Lo amo.

Sarah también fue fundamental. Relevó a Daniel, atendió a las matronas, nos hizo comida a las 12 de la noche (el mejor pescado con papas del planeta), filmó el parto, les mandaba updates a las familias. Sin ella también habría sido imposible o mucho más complicado.

La gran diferencia de tener tu guagua en la casa es que estás rodeada de pura gente que quieres que esté ahí. En mi caso, el hombre de mi vida y mi amigui del alma hicieron que el parto de Enzo fuera lo más humano posible y así mucho más fácil y feliz. Sin traumas.

Enzo no nació solo. Las matronas fueron espectaculares: muy profesionales y siempre en segundo plano, apareciendo cuando era necesario, porque es el momento de los padres. Nunca me dijeron qué hacer, sino que me informaron, me apoyaron y respetaron mis opiniones y decisiones. Hicieron tan bien su pega que ni siquiera me tuvieron que poner puntos.


Y así es que no sé como chucha hice lo que hice. Pero lo hice. Y Enzo está acá creciendo como loco, sano y fuerte. Y Daniel es el mejor papá del mundo.

Ahora somos tres.