lunes, 19 de julio de 2010

10 de mayo 2010: la llegada de Enzo

Un día después de la fecha estimada de parto y haciendo todo lo que la creencia popular dice que hay que hacer para inducir el parto, incluyendo curries y caminatas, a las 3 AM del lunes 10 de mayo comenzaron las contracciones. No es como en las películas, no, no desperté a Daniel para decirle que deberíamos partir al hospital sino que tomé un papelito y empecé a anotar cada contracción para ver su frecuencia. Y traté de dormir, porque sabía que se venía duro, pero fue difícil.

Al hospital sólo podíamos llamar cuando tuviera tres contracciones cada 10 minutos y para eso podían ser horas. Así que nos dedicamos a descansar, tomar un buen desayuno y almuerzo, salir a caminar y comprar leche, fruta y el diario del día. Daniel me hizo un masaje, hice unos ejercicios de yoga, armamos el juego de terraza e hice mi última sesión de hipnosis.


Cerca de las cuatro de la tarde de ese lunes llamé a mi matrona (por segunda vez; la primera vez llamé al hospital y donde hablé de corrido me dijeron que llamara cuando no pudiera mantener una conversación telefónica) para que mandaran a una matrona para la casa. Sí, porque el parto no fue en un hospital sino que en nuestra casa. Llamamos a la Sarah, quien sería mi segunda “birth partner”, para que se viniera de Londres y le avisamos a la familia para que estuvieran atentos.

Decidí tener el parto en la casa después de conocer el hospital con 37 semanas. La maternidad estaba llena y me advirtieron que en caso que pasara eso, me llevaban en ambulancia a un hospital más lejos, mucho más lejos. Sin auto y viviendo a cinco cuadras del hospital, me parecía ridículo que no pudiera tener a Enzo ahí. Pero lo más importante es que creo que tener un hijo es un acto natural, humano e íntimo y los hospitales van en contra de todo eso, sobretodo de la intimidad. Y en la casa no puedes tener anestesia, pero ya había decidido tratar de mantenerlo lo más natural posible. Después de todo, el cuerpo está hecho para soportarlo sin anestesia. De que se puede, se puede. Uno no se puede morir de dolor.

Cuando llegó la matrona -Mary, a quien no conocía- armó toda la parafernalia que incluía mucho papel y plástico alrededor de la cama. Me revisó y ya estaba dilatada 4 cms y parece que eso era bueno. Todo parecía indicar que sería un parto rápido. Y parece que lo fue en comparación a otras madres primerizas.

Como era de esperar (pero no de imaginar) las contracciones se pusieron más fuertes y era un dolor que a ratos era difícil de aguantar y que incluso me daban náuseas. Tomé posición: apoyada en la cama como si estuviera rezando, aferrada al brazo o cuello de Daniel.

Hasta ese punto me las arreglé con paracetamol y una máquina TENS (que es la que te ponen los kinesiólogos para dolores musculares, lo que hace es vibrar un poco en la zona, liberando endorfinas que te ayudan naturalmente con el dolor). Y bueno, la hipnosis que practiqué por dos meses: puro control mental del dolor y de la situación (más de la situación que del dolor debo decir). Cuando las contracciones se pusieron más fuertes e intensas y le estaba quebrando el brazo al pobre Daniel, empecé a inhalar un gas llamado Entonox que te vuela lo suficiente como para sentir menos los peaks de las contracciones. En un momento estaba por las nubes. Mi capacidad pulmonar estaba tan bien ejercitada con el yoga que inhalaba bastante más que lo normal y quedaba tan volada que incluso podía dormir entre las contracciones. Lo anecdótico es que se acabó el tanque y la matrona no podía desarmarlo para cambiarlo. Al final se arregló después de 20 eternos minutos. Entremedio rompí aguas, fui al baño a hacer pipí, llegó la segunda matrona, Becca; cambié de posición y me acosté en la cama. La matrona regularmente me medía el pulso, llenaba papeles, monitoreaba el corazón de Enzo. Siempre muy respetuosa, informándome de qué me iba a hacer, pidiendo permiso, dándome ánimo.

Cuando ya estaba la suficientemente dilatada, me mandaron al baño (en realidad lo sugirieron), literalmente a sentarme en el wáter, porque pujar es, en realidad, como ir al baño. Entonces el cuerpo podía reaccionar más naturalmente. Ahí estuvimos todos en el baño, fuera la dignidad. Y en eso, con el grito de dolor más tenebroso posible apareció la cabeza (Y es ahí donde el dolor de las contracciones parecen un chiste) y de ahí de vuelta a la pieza a pujar, arriba de la cama en cuatro patas. Cuando el dolor es el más fuerte es cuando estás más cerca del fin y eso lo compensa. Tocas la cabeza de tu guagua y eso te renueva todas las energías. Sólo un rato después de empezar a pujar nació Enzo, salió su cabecita y luego su cuerpecito y directo a nosotros, nada de limpieza; todavía colgaba el cordón. Daniel le cortó el cordón. Un poco maneado pero lo hizo.

Y ni siquiera nos miramos con Daniel. Los dos miramos a Enzo como si no hubiera nadie más en el universo. Se me olvidó el dolor, la incomodidad y tener la pieza llena de plástico y varias toallas llenas de sangre. Ahora somos tres.


Luego tuve que dar a luz a la placenta y vino mi tan deseada ducha. Daniel regaloneó con el Enzo y después me lo pasaron para que le diera pecho altiro, porque la recomendación para asegurar un buen agarre es que uno alimente al bebé lo antes posible. Una vez eso estaba más o menos bajo control, todos los papeles llenados, y todo más o menos limpio, las matronas se fueron.


En un momento pensé que no me la iba a poder. La Sarah dice que pensó que me iba a morir con los gritos, que la vena del cuello se me salió. Pero en realidad el trabajo mental de sentir que cada vez queda menos y de que “igual podría aguantar más si ya he aguantado lo aguantado hasta el momento” me ayudaron a que saliera todo bien. Ese es el trabajo mental. La matrona encontraba que estaba muy relajada y que tenía muy buen estado físico. Esas dos cosas (potenciada con la ayuda de hipnosis y yoga; y aprender lo máximo posible sobre parto) me ayudaron a que fuera posible hacer esto en la casa. Me sentí empoderada, sin miedo, asumiendo que es lo más natural del mundo y mi cuerpo responderá de manera intuitiva.

Si Daniel -quien todo el tiempo ha sido lo máximo, apoyándome en todas las decisiones, dándome apoyo moral cuando he tenido problemas (y encontrándome bonita a pesar del bulto), acompañándome a todas las visitas médicas, ayudándome en la casa- no hubiera estado haciéndome el coaching, ayudándome con la respiración, diciéndome lindas palabras de aliento, dejándome que le dejara los brazos morados de puro apretarlo, no sé si hubiera podido. Lo amo.

Sarah también fue fundamental. Relevó a Daniel, atendió a las matronas, nos hizo comida a las 12 de la noche (el mejor pescado con papas del planeta), filmó el parto, les mandaba updates a las familias. Sin ella también habría sido imposible o mucho más complicado.

La gran diferencia de tener tu guagua en la casa es que estás rodeada de pura gente que quieres que esté ahí. En mi caso, el hombre de mi vida y mi amigui del alma hicieron que el parto de Enzo fuera lo más humano posible y así mucho más fácil y feliz. Sin traumas.

Enzo no nació solo. Las matronas fueron espectaculares: muy profesionales y siempre en segundo plano, apareciendo cuando era necesario, porque es el momento de los padres. Nunca me dijeron qué hacer, sino que me informaron, me apoyaron y respetaron mis opiniones y decisiones. Hicieron tan bien su pega que ni siquiera me tuvieron que poner puntos.


Y así es que no sé como chucha hice lo que hice. Pero lo hice. Y Enzo está acá creciendo como loco, sano y fuerte. Y Daniel es el mejor papá del mundo.

Ahora somos tres.

2 comentarios:

  1. He quedado absolutamente sin aliento... qué maravilloso relato, qué maravillosa aventura la forma en que tu hijo llegó al mundo. Los felicito -especialmente a ti- por el valor!!! Un abrazo enorme.

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  2. Me hiciste llorar....se me paraban los pelos mientras te leía, te pasaste Gaby! se pasaron los Tres! los abrazo con cariño, haces que paresca tan simple....Enzo es su máximo regalo.

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