martes, 7 de febrero de 2012

Adiós a los Lugares Comunes

NOTA: Esto fue escrito el 11 de noviembre de 2011, a mano, y ahora pasa a formato electrónico.

Con mi amiga Emma en nuestra última salida en Reading

Esto es algo que tengo que escribir ahora. Ahora es el presente. En cinco días más será el pasado. Un pasado que solo se tocará con recuerdos lejanos. El presente se toma por sentado. Esto es.

Es mi amiga Louise viniendo a mi casa con su hija Emily en la mañana. Emily y Enzo juegan. Dos niños hacen mucho ruido. Demasiado. Comemos pizza, tomamos café. Enzo y Emily están resfríados y tratamos que no tomen jugo del mismo vaso. A Emily se le cae el vaso, bota su jugo y llora. Enzo, que todavía no dice ni pío, sólo hace señas y apunta, va a la otra pieza a buscar otro vaso para que Emily no llore. Esto es el presente. La casa inusualmente con visitas. Estamos contentos y agradecidos. Vemos “In the Night Garden”. Los niños se pegan y los adultos podemos comer pizza tranquilos y conversar sin interrupciones. El presente. Viene mi amiga Emma de Oxford. Desde que se fue de Reading la veo poco. Presente. Y es tan rico verla. Que entre a la casa y se sienta cómoda; se saque sus zapatos y se ponga sus pantuflas y saque su termo con té verde de su bolso. Hábitos que aprendió en Japón.  Que nos haga reír con su forma de narrar las cosas que le pasan. Que hablemos del futuro. El futuro. Enzo cae rendido a su siesta. Emily y Louise se van porque Louise recibe un llamado del colegio para que pase a buscar a su hija Sofía porque no se siente bien: “she is not herself today”. Me encanta que las dos digan “bye” al mismo tiempo. Que Emily empiece a gritar “bye” cuando le empiezan a poner su chaqueta.

Un rato después salgo con Emmita, mientras Enzo duerme y Daniel, a pesar de la pega que tiene, se queda a cuidarlo full time. Y caminamos al paradero. Tomamos la micro. Conversamos sin parar. Mentalmente hago la lista de lo que le quiero contar porque hace tiempo que no hablamos face-2-face. Del Daniel, de nuestra visita a la Sarah, de Chile. Nos bajamos de la micro y justo en el paradero hay un autito de madera tan lindo que me muero de ganas de regalárselo al Enzo, pero es imposible con todo el equipaje que llevamos de vuelta a Chile en cinco días más. Vamos al banco, a la tienda china de Friar Street, a Primark, a comprarnos ropa, a TKMaxx. Luego a la cafetería, Nero, que abrieron hace poco donde antes estaba la tienda DIY Robert Dyas, donde con el Daniel compramos nuestros utensilios de cocina. Nos sentamos en un sillón, con el ruido de la cafetera de fondo. No coffees at this time of the day, pero si un jugo y un chocolate caliente. Hablamos. El pequeño break antes de que Emmita se tome su tren se transformó en una larga conversación. Latente está la sensación de que es nuestro último día juntas así, las dos, en el presente. Conversación con una taza en la mano. Nos tomamos una foto sin pena. Ya son las cinco y media y está oscurísimo ya. Yo pienso en que todavía tengo que ir a la tienda del celular y a comprarme zapatillas para correr, y que Emma se tiene que tomar un tren. Pienso en el Daniel y en el Enzo, la cena y todo eso.

Paramos afuera de la tienda de zapatillas, al lado de la estación. Sin pena. Sin pena. Uff. Nos vemos el domingo. Pero ya no habrá más café, ni tardes con Enzo, ni de shopping. Skype será un sucedáneo fome.
No tengo miedo de perder a Louise o Emma. Porque no va a pasar. Es sólo pena. Porque el presente tan rico y feliz que tengo no va a estar. Seguramente se transformará. Y ellas no estarán. Ni los lugares comunes. Es la rutina, los espacios que he creado y como hemos crecido dentro de ellos que me hace una persona tan agradecida.

Siento lo mismo que sentí hace cuatro años. Cuando dejé de trabajar en el lugar donde trabajaba entonces. ¿Cómo puede ser que este escritorio, este computador, cafetera, desaparezca mañana si han estado conmigo cada día, todo este tiempo? Y así es. Tal cual. De un día para otro: PASADO. Recuerdos. Experiencia. Ya no está. Son los espacios comunes que da nostalgia perder. La intimidad de la casa, sin teléfono, los tres, solamente los tres.  Desayuno, almuerzo, cena juntos. El silencio. Las idas al supermercado, los paseos a los playgroups con el Enzo. No perderme ningún minuto de su crecimiento. Tan de cerca, sin que nadie me reporte nada. Los fines de semana con el calendario vacío y ser los tres. Y los amigos que he hecho, que me sorprende haber hecho, y cómo hemos terminado juntándonos y saliendo y conversando.
Queda un vacío. Un vacío de espacios comunes solamente. Porque mi familia y los amigos, están más aquí que nunca. Son.

Cuando llegué hace cuatro años, ponía el despertador sólo para no dejarme estar. Cocinaba todos los días. Me producía al vestirme aunque pasaba encerrada en la casa. Salía a comprar leche y hablaba por largo rato con el dueño del corner shop. Porque no había nadie más, fuera de Daniel que iba a la Universidad. Y casi cuatro años después hago el mismo camino a la leche y todo es familiar, incluso saludo a gente que he conocido en distintas partes.  Se siente un poco como “home”, pero “home” está en Chile.

Y Chile será mi presente en unos días más. Lo sé y no lo sé a la vez. Seguramente seré igual de torpe que cuando llegué acá, no sabré como administrar el día, cómo organizar panoramas, cómo acostumbrarme a estar rodeada de gente, con nostalgia de mi linda rutina que es mi presente. Hoy 11.11.2011.

Tengo que dar las Gracias. A la Vida. Porque no sólo en estos cuatro años, sino que SIEMPRE me ha puesto en frente a gente, personas que generosamente me han hecho feliz y me han enseñado. Que tímidamente nos encontramos y después las separaciones son complicadas. Gracias a todos, soy mejor persona, feliz, tranquila y con tanto que aprender aún. Soy agradecida de la lista infinita de memorias y recuerdos, de estar llena de huellas.

Y si el mundo es justo, sólo deseo que esa mano esté devuelta. Que todos ustedes que se han cruzado generosamente en mi camino sean felices.  A todos, en el presente, pasado y futuro, GRACIAS. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario